viernes, 15 de abril de 2016

Por qué el multitasking de la tecnología moderna está destruyendo tu cerebro

Por qué el multitasking de la tecnología moderna está destruyendo tu cerebro

Por más que lo neguemos, somos adictos a la tecnología y nuestros hábitos de consumo de información están mermando nuestra capacidad cognitiva. Al menos, la que podría ser la más importante: nuestra capacidad de dirigir y mantener nuestra atención
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Inmersos en la pecera digital no nos damos cuenta del efecto deletéreo que tienen nuestros nuevos hábitos tecnológicos. Ya lo había advertido McLuhan: nuestros medios de comunicación amplifican lo mismo que amputan nuestras facultades y no hay manera de prever el daño ya que la velocidad de adopción supera nuestra capacidad de reflexión. Los gadgets y aplicaciones que consumimos son como un nuevo y flamante fármaco que los organismos encargados de regular, como la FDA por ejemplo, aprueban sin hacer estudios de sus efectos a mediano y largo plazo, porque en primera instancia parecen ser inocuos y la demanda es tanta que no se pueden dar el lujo de esperar cuando el principio rector es la economía y la ganancia.
Daniel J. Levitin ha reunido una serie de estudios científicos que sumados resultan impactantes, si uno logra detenerse a reflexionar sobre lo que le sucede a nuestra capacidad cognitva ante el estupor de recibir un nuevo estímulo. El artículo de Levitin en The Guardian es bastante largo para los estándares de nuestra generación (hace 20 años habría sido considerado corto). Una buena prueba de lo que dice es intentar leerlo (está en inglés; puedes hacer también la misma prueba con este artículo) sin sucumbir a la urgencia de cambiar de pestaña, checar nuestro email o manosear nuestro smartphone. Tal vez puedas hacerlo ya que has sido retado, pero al hacerlo presta atención a los momentos durante la lectura en que sientes un deseo de hacer otra cosa al mismo tiempo y pregúntate si siempre has sido así. Como escribiera hace un par de años Douglas Coupland “[yo también] extraño mi cerebro preinternet”.
Nuestros smartphones son como “navajas suizas”, dice Levitin, contienen todo tipo de aplicaciones para navegar el mundo online pero también offline, y las usamos todo el tiempo. De hecho ocupan todo nuestro tiempo libre –aunque nuestro tiempo de trabajar también discurre utilizando a la nave nodriza de los smartphones: una laptop. Texteamos mientras vamos manejando o caminando por la calle (hay una urgencia por “aprovechar” el tiempo), cuando estamos esperando algo checamos nuestro email o nuestro feed de Instagram; incluso cuando estamos con amigos, en cualquier momento de aburrimiento o simplemente ya de manera automatizada, “checamos lo que están haciendo otros amigos”. Estamos en un presente perpetuo de ríos de datos actualizándose, conectados en tiempo real con todo el mundo y especialmente con la gente que queremos, pero estamos y no estamos en el lugar donde estamos. La atención dividida divide a la psique.
El multitasking no es lo que pensábamos
divided_attentionNuestra sociedad hace unos años celebraba el multitasking. Después de todo significaba poder hacer más, ser “máquinas más efectivas”. Pero recientemente la neurociencia ha mostrado que el multitasking es en realidad la ilusión de que somos más efectivos: hacemos más cosas pero hacemos menos bien y al final perdemos nuestra capacidad de concentración, en lo que resulta una terrible inversión. Earl Miller, neurocientífico del MIT, señala que “nuestras mentes no están hechas para el multitasking”, de hecho cuando las personas piensan que están haciendo múltiples tareas al mismo tiempo, “en realidad están apagando y prendiendo de una tarea a otra” y pagando un costo por este frenesí (apagar y prender un automóvil, por ejemplo, gasta más gasolina que mantenerlo sólo prendido). Cambiar de foco, prender y apagar para cambiar de tarea, explica Levitin, tiene costos metabólicos, hace que nuestro cerebro consuma sus nutrientes, la glucosa que necesitamos para mantenernos en una tarea.
Pensamos que somos como un experto malabarista cambiando de tarea en el aire con una pulcritud y eficiencia que prueba ahí mismo las mieles del progreso. Pero en realidad se ha demostrado que el multitasking nos hace menos eficientes: somos como el mono que cambia de rama todo el tiempo y cada una de las tareas que malabareamos produce fugas. El trabajo de Miller muestra que el multitasking produce mayor detrimento en la memoria y en la capacidad de concentrarse que fumar marihuana. Para los que piensan que sus smartphones no son drogas.
La neuroquímica del multitasking
Probablemente lo más grave del multitasking es que aumenta la producción de cortisol y adrenalina (la hormona de la respuesta de huir o pelear). A su vez, el multitasking crea un loop de retroalimentación de adicción a la dopamina que genera ver a nuestros amigos en la red o recibir likes o ese email que estabas esperando. Esto, dice Levitin, hace que nuestro cerebro reciba recompensas por perder la concentración y constantemente busque un nuevo estímulo de información. Las interfases de sitios como Instagram, Facebook o Twitter, entre otros, están diseñadas para suministrar dosis de novedad –“los proverbiales objetos brillantes con los que llamamos la atención de los niños”, esto produce cientos de minisecuestros en nuestro cerebro, por llamarlo de alguna forma, que se ve enganchado por estos objetos brillantes hechos de pura información que nos asaltan cotidianamente con sus ráfagas de opioides endógenos. Se siente muy bien, es como un dulce para el cerebro que consumimos todo el tiempo, nos vuelve adictos y hace que luego no podamos controlar nuestra atención, que no nos podamos quedar en el mismo lugar, puesto que como un niño o un perro, estamos buscando la bola brillante que atraviese nuestro campo de visión para perseguir su anzuelo.
Glenn Wilson del Gresham College de Londres llama a esto “infomanía”, la adicción al asalto sensorial de la información, el embargo y la posesión de la data y las interfases. Wilson halló que cuando una persona se está concentrando en una tarea pero sabe que tiene emails sin leer en su bandeja de entrada, esto puede reducir 10% su IQ. Russ Poldrack de Stanford, citado también por Levitin, dice que cuando una persona estudia para un examen mientras ve televisión, esto hace que la información que aprende se vaya al striatum, una región cerebral especializada en aprender nuevas habilidades. Sin la distracción, la información se almacena en el hipocampo, donde suelen ir los datos y las ideas y son organizadas y categorizadas para que la memoria pueda hacer uso de ellas con mayor facilidad.
Otro de los problemas que generan nuestros hábitos mulitarea ligados a nuestros gadgets es que requieren que tomemos constantemente decisiones. Pequeñas y molestas decisiones. ¿Respondo el email antes de escribir el reporte? ¿Me relajo un poco escuchando música en Soundcloud o escribo este artículo sin música? ¿Ignoró el mensaje de WhatsApp que me acaba de llegar o lo contesto de una vez? Esto puede parecer insignificante, pero no lo es. De hecho existe el síndrome de la “fatiga de decisión”, que es lo que hace que Mark Zuckerberg o antes Steve Jobs se vistan todos los días con el mismo tipo de ropa para no tener que quemar neurocombustible eligiendo qué ponerse o qué desayunar. Decidir requiere que imaginemos trayectorias y desenlaces, que viajemos al futuro y que sopesemos posibles consecuencias, esto es desgastante. Resulta más apropiado guardar este combustible mental para decisiones más importantes y la mayor parte del tiempo simplemente fluir e ir con la marea que se ha dispuesto previamente.
Contestar emails, la principal tarea de nuestras grandes mentes
Consideremos el problema del email. Antes se tenían diferentes formatos para recibir mensajes, pero hoy en día, como apunta Levitin, “los emails son usados para todos los mensajes de la vida. Compulsivamente checamos nuestro email, porque no sabemos si el siguiente mensaje será de ocio o de negocio, algo que tenemos que hacer ahora o pagar, algo que podemos hacer después, algo que cambiará nuestra vida o algo irrelevante”. Esto hace que  muchos de nuestros líderes, de las grandes mentes que llevan el timón de nuestra civilización dediquen el grueso de su tiempo a contestar emails. ¿Qué dice esto de nuestra civilización? ¿Pueden lograr la necesaria desconexión del “mundanal ruido” los grandes artistas de nuestra época o también se sienten obligados a responder a ese fardo invisible pero no menos pasado que los aguarda siempre?
iphonevaporsEse siempre potencial email o esa respuesta inminente a tu post, de alguna manera extraña y ridícula si se quiere, son el equivalente de un predador incesante que se mueve con nosotros y mantiene a nuestro sistema inmune en estado de alerta. El ser humano no tolera muy fácilmente la ambigüedad, pero si tienes 20 ventanas abiertas, la sola cantidad supone la posibilidad de más estímulos y más amenazas, de más viajes mentales y más divisiones. Este es el gran problema de que la tecnología y nuestros hábitos de uso generen estrés, mucho estrés. El estrés devora nuestro cerebro y nuestro sistema inmune colocándolo en un estado defensivo permanente: somos como el equipo chico que tiene que defenderse para sobrevivir, no como un Barcelona FC de la mente que sólo tiene que dedicarse a crear, siempre en la zona de ataque, liberado de las pequeñas cargas y distracciones. Claro que la estructura jerárquica embebida en las sociedades animales hace que no todos puedan vivir en el superávit creativo-laboral, libres de los trajines y las distracciones cotidianas. El estrés es parte inevitable de la realidad; pero saber esto ya es una forma de combatirlo, ya asoma una estrategia.
Digifrenia, estar siempre en múltiples presentes
Douglas Rushkoff ya lo había diagnosticado en su libro Present Shock. Inmersos en el presente perpetuo de la información que nos invade, nuestro ser se fragmenta para estar en todos los presentes que la información presenta. Rushkoff llama a esto digifrenia, esa psicopatología de la era digital, lo digital corriendo frenéticamente por nuestra mente. “La tecnología nos permite estar en más de un lugar –y en más de un ser– al mismo tiempo”. Pero vivir simultáneamente múltiples presentes es extenuante: los pilotos de drones, por ejemplo, acaban más cansados que los pilotos normales, al intentar vivir en dos mundos al mismo tiempo. Mantenemos abiertos múltiples flujos de comunicación y parte de nosotros, en un perpetuo micro jet lag, se queda en cada uno de estos timelines, tenemos un oído abierto siempre a lo que está pasando en otro lugar. Nuestros avatares consumen también energía vital.
Se cree que esto es solamente un efecto secundario de la fabulosa era de la información en la que liberamos nuestra mente porque por primera vez podemos elegir la información que consumimos, la cual se ha abierto como una bóveda cósmica donde nadan perlas de sabiduría que pueden transformar nuestra existencia. Nos identificamos con el contenido y pensamos que ya que visitamos buen contenido, curamos nuestro feed y vemos cosas estimulantes nos salvamos del medio y del formato, del programa que nos programa no con su contenido sino en un sentido formal y físico, electromagnético, a nivel neural, con los patrones inmanentes de los medios y los aparatos que usamos. El contenido está de moda y en su apantallamiento no nos deja ver la pantalla misma en la que se monta y lo que la pantalla –y en especial ese tipo de pantalla— produce. No nos deja ver que vemos a través de pantallas la realidad, por citar sólo un ejemplo, quizás no el más significativo.
La conclusión de Levitin es sencilla e inquietante: por más que lo suavicemos, checar a cada rato nuestros correos electrónicos, Facebook, Twitter, etc., constituye una adicción neural. Somos adictos. Cientos de millones de nosotros. Las consecuencias de esta adicción son insondables por el momento. Quizás vivir en este frenesí de snacks de atención sea solamente parte de nuestra circunstancia, un efecto menor de la explosión tecnológica que también traerá grandes luces para nuestros intelectos, algo que no determinará de manera importante nuestra capacidad de autodeliberación evolutiva, pero quizás sí estemos perdiendo la parte más importante de nuestra cognición. No hay forma de saberlo bien a bien, ya que la tecnología de la información se adopta a mucha mayor velocidad que nuestra capacidad de medir y reflexionar sobre sus efectos.
El psicólogo William James escribió: “El arma más grande que tenemos contra el estrés es nuestra habilidad de elegir un pensamiento sobre otro”. Y en otra parte: “La facultad de controlar, una y otra vez, una atención vagabunda, es la raíz del juicio, el carácter y la voluntad. Nadie es el capitán de sí mismo sin esto. Una educación que mejorara esta facultad sería la educación por excelencia”. No es poca cosa lo que dice aquí William James, reconocido como uno de los grandes pensadores en la historia de Estados Unidos. Aquello que disminuye nuestra capacidad de poner atención y controlar nuestros pensamientos atenta directamente contra nuestra individualidad; es como un virus que nos invade… la distracción, la fragmentación del ser. Creemos que la tecnología nos ayuda a hackear el mundo –y hay algo de esto– pero no es una relación unilateral: la tecnología, creada con el fin de capturar la divisa de nuestra atención, también nos hackea a nosotros.
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martes, 9 de febrero de 2016

Descubren que los aullidos de los lobos tienen varios dialectos y hasta 21 mensajes diferentes

Descubren que los aullidos de los lobos tienen varios dialectos y hasta 21 mensajes diferentes
El aullido de los lobos ha sido una fuente de inspiración e inquietud para el ser humano durante miles de años. Hoy sabemos que los aullidos son un sistema de comunicación, y apenas estamos empezando a comprender lo complejo que es.
Un equipo internacional de biólogos coordinado desde las Universidades de Oxford y Cambridge acaba de publicar los resultados del estudio más amplio sobre los aullidos de los lobos que se ha hecho hasta ahora. Los investigadores han reunido más de 6.000 muestras sonoras de diferentes especies de lobo, así como de otros cánidos como coyotes o perros domésticos. Después, han utilizado técnicas de análisis de audio para reducir la muestra a 2.000 aullidos de 13 especies y han pasado los sonidos por un algoritmo capaz de interpretar variaciones en las frecuencias.
No solo es la primera vez que se utiliza un sistema de aprendizaje computerizado para analizar los aullidos de lobo, sino que además ha dado unos resultados muy inesperados. El software ha sido capaz de interpretar hasta 21 mensajes diferentes en aullidos de la misma especie en función de su tono, longitud y fluctuación. Es más, cada subespecie de estos animales emite en frecuencias sutilmente diferentes que utilizan para reconocerse mutuamente y para diferenciarse de otros cánidos. Cada especie, por decirlo de otra manera, tiene su propio dialecto dentro de un lenguaje más o menos común. En palabras del Dr. Arik Kershenbaum, de la Universidad de Cambridge:
Puede que los lobos no se nos parezcan desde un punto de vista taxonómico, pero desde el ecológico, su comportamiento como estructura social es muy parecido al de los humanos. Esa es la razón por la que domesticamos perros en primer lugar. Los sentimos muy similares a nosotros.
Entender la comunicación de diferentes especies es esencial para descubrir cómo han evolucionado los sistemas complejos de comunicación y, en última instancia, entender nuestra propia habilidad para el lenguaje.
Descubren que los aullidos de los lobos tienen varios dialectos y hasta 21 mensajes diferentes
Aislados los diferentes tipos de aullido, el problema es asociar esos sonidos con situaciones o mensajes concretos. La única manera de hacerlo es estudiando a los lobos en su hábitat, y eso es algo mucho más complejo de lo que parece ya que no se puede seguir a una manada de estos animales sin afectar su comportamiento. Hasta ahora, la mejor solución que han encontrado es diseminar micrófonos por todo su habitat en el Parque Nacional de Yellowstone, grabar los sonidos, y triangular su posición para tratar de determinar a qué momento de la vida social de los lobos pertenece.
Si logramos interpretar los sonidos, podrían reproducirse para minimizar problemas típicamente asociados con esta especie, como sus encontronazos con los seres humanos cuando atacan ganado para alimentarse. [Behavioural Processes vía Phys.org]
Fotos:Cynthia Kidwell y Bildagentur Zoonar GmbH / Shutterstock

jueves, 4 de febrero de 2016

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sábado, 30 de enero de 2016

Una arcilla medicinal usada por indios norteamericanos tiene efectos bactericidas potentísimos

Los primeros medicamentos desarrollados con el debido rigor por la ciencia no salieron de la nada en los laboratorios químicos, sino que a menudo se partía de hierbas medicinales u otros remedios naturales, incluso calificados de "mágicos" por curanderos, hechiceras y otros personajes pintorescos que los usaban, y tras comprobar que realmente funcionaban, se aislaba su principio activo y se elaboraba el medicamento a partir de este. Aunque ahora ya no es tan frecuente encontrar nuevos medicamentos de esta manera, todavía se dan algunos casos de vez en cuando. El último de ellos es una prometedora arcilla bactericida que tras siglos de uso por los indios norteamericanos Heiltsuk, afincados en tierras hoy canadienses, está recibiendo mucha atención por la comunidad científica debido a que su actividad bactericida podría ser capaz incluso de aniquilar a bacterias farmacorresistentes.

El equipo del microbiólogo Julian Davies, de la Universidad de la Columbia Británica en Canadá, ha comprobado que esta rara arcilla, presente de manera natural en una zona de esa provincia canadiense, exhibe una potente actividad antibacteriana contra patógenos resistentes a múltiples fármacos.

Davies y sus colegas recomiendan por ello que la arcilla sea estudiada como tratamiento clínico para infecciones graves causadas por cepas de bacterias farmacorresistentes, causantes de la mayoría de infecciones iniciadas en hospitales, y entre las que cabe destacar a las especies Enterococcus faecium, Klebsiella pneumoniae, Acinetobacter baumannii, y Pseudomonas aeruginosa.

Las infecciones causadas por las bacterias farmacorresistentes son básicamente intratables y contribuyen a una cada vez mayor mortalidad en los hospitales, tal como advierte Davies. “Después de 50 años de sobreutilizar y emplear incorrectamente antibióticos, las medicinas antiguas y otros agentes naturales basados en minerales podrían proporcionar nuevas armas en la batalla contra los patógenos resistentes a múltiples fármacos”.

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La llamativa arcilla bactericida, un remedio ancestral de los indios norteamericanos que ahora está demostrando científicamente sus propiedades curativas. (Foto: Kisameet Glacial Clay Inc.)


La principal fuente de esta extraña arcilla está situada en el territorio tradicional de los Heiltsuk, a 400 kilómetros (250 millas) al norte de Vancouver, Canadá, en una cuenca granítica poco profunda de unos 5 acres (unas 2 hectáreas). El depósito de 400 millones de kilogramos se formó a finales de la última Edad del Hielo, hace aproximadamente 10.000 años.

Los indígenas norteamericanos de esa zona han utilizado la arcilla durante siglos por sus propiedades terapéuticas; diversos informes citan su eficacia para la colitis ulcerosa, la úlcera duodenal, la artritis, la neuritis, la flebitis, la irritación de la piel y las quemaduras. Por otra parte, no se conocen efectos tóxicos de la arcilla para el Ser Humano, lo que también augura buenos resultados en los futuros ensayos clínicos.

En las pruebas in vitro llevadas a cabo por Davies y la investigadora Shekooh Behroozian, la arcilla suspendida en agua mató 16 cepas de bacterias farmacorresistentes, obtenidas de muestras procedentes de lugares como el Hospital General de Vancouver y el St. Paul's Hospital.

jueves, 21 de enero de 2016

Estrechando el cerco alrededor del Planeta X, o Noveno Planeta (no, no se ha descubierto un noveno planeta del sistema solar todavia)

¿Se ha descubierto un nuevo planeta más allá de Neptuno? Pues si hacemos caso al revuelo de las últimas horas en las redes sociales, la respuesta podría ser afirmativa. Podría, pero no lo es. Para bien o para mal, por el momento nuestro sistema solar sigue teniendo ocho planetas. Por si alguien no sabe de lo que estoy hablando, todo viene a raíz de la publicación de un artículo de Mike Brown y Konstantin Batygin sobre la posible existencia de un noveno planeta. Este paper probablemente hubiera pasado desapercibido para el gran público si no fuera por el hecho de que Brown es el descubridor del planeta enano Eris, un descubrimiento que, como todos sabemos, provocó la ‘destitución’ de Plutón de la categoría de planeta.

Más pruebas de que podría existir un noveno planeta más allá de la órbita de Neptuno (Caltech AMT).
Más pruebas de que podría existir un noveno planeta más allá de la órbita de Neptuno (Caltech AMT).
Una vez aclarado que no se ha visto ningún planeta nuevo, vale la pena revisar el artículo de Brown y Batygin, porque ciertamente es muy interesante. Resumiendo, lo que han hecho los dos astrónomos es analizar las órbitas de seis objetos transneptunianos (TNOs) y han llegado a la conclusión de que sus características pueden explicarse con la presencia de un planeta de gran tamaño situado a gran distancia del Sol en una órbita excéntrica. La hipótesis de un noveno planeta -a veces también denominado Planeta X- no es nueva y ha sido propuesta desde hace décadas por multitud de investigadores, pero en los últimos años el número de pruebas circunstanciales no ha parado de aumentar. Primero fue el descubrimiento de Sedna en 2003 por el propio Brown y, más recientemente, el de 2012 VP113 en 2014.
Ambos cuerpos menores tienen un tamaño significativo y poseen una órbita muy, pero que muy extraña. Su alta excentricidad hace que la diferencia entre la máxima y mínima distancia al Sol sea increíblemente grande (tan increíble, de hecho, que cuando se descubrió Sedna muchos astrónomos no podían creer que tuviese una órbita con esos parámetros). Esta característica parece a priori ser similar a la de muchos cometas, pero Sedna y 2012 VP113 se diferencian en que su perihelio está situado más allá de cualquier planeta del sistema solar. Por ejemplo, Sedna se acerca al Sol hasta las 76 UA (11250 millones de kilómetros), mientras que su afelio está a unas alucinantes 937 UA (140 550 millones de kilómetros). Por su parte, 2012 VP113 se sitúa entre las 80 UA y las 450 UA. ¿Cómo han llegado a tener estos cuerpos unas órbitas tan excéntricas sin haber sufrido encuentros con los planetas gigantes del sistema solar? Misterio.

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Órbitas de Sedna, 2012 VP113 y otros TNOs que podrían señalar la existencia de un noveno planeta. Se aprecia que los perihelios de los cuerpos coinciden más o menos en la misma región del espacio (Batygin et al.).
Para colmo, el perihelio de ambos cuerpos coincide aproximadamente en la misma región del espacio. Y no solo eso. Los dos astros tienen sus perihelios situados cerca de la eclíptica -técnicamente el plano de la órbita terrestre, pero que también hace referencia al plano donde se encuentran los planetas del sistema solar- y la inclinación de sus órbitas es de unos 30º. Además durante su paso por la eclíptica ambos lo cruzan de norte a sur. Estas coincidencias podrían ser solo eso, coincidencias, sobre todo teniendo en cuenta que dos objetos no constituyen precisamente una muestra estadística demasiado amplia y que las técnicas observacionales actuales favorecen los descubrimientos de objetos transneptunianos cerca de la eclíptica. Pero también podría ser una prueba de quealgo ha perturbado gravitatoriamente las órbitas de Sedna y 2012 VP113 al mismo tiempo, sobre todo porque otros objetos transneptunianos de menor tamaño también muestran orientaciones similares.
Los descubridores de 2012 VP113, Scott Sheppard y Chad Trujillo, ya propusieron en 2014 que ese algo podría ser un noveno planeta con una masa cinco veces mayor que la de la Tierra situado en una órbita circular más allá de Neptuno (a 250 UA). Lamentablemente, las simulaciones numéricas de las interacciones de esta hipotética supertierra no logran explicar el comportamiento de Sedna y 2012 VP113. Por eso Sheppard y Trujillo llegaron a proponer un encuentro cercano con una estrella o una enana marrón como el culpable de todo este desaguisado orbital, pero una visita de este tipo habría dejado huellas en las órbitas de los cuerpos del sistema solar interior que no vemos por ningún lado. Desesperados, otros investigadores han sugerido que la explicación podría estar en las perturbaciones gravitatorias entre los objetos transneptunianos similares a Sedna. Sin embargo, los datos indican que no existen tantos objetos de este tipo como para causar la distribución de órbitas observada (a pesar de todo, esta no es una hipótesis que se pueda descartar a la ligera).
Y es en este contexto donde aparece el artículo de Brown y Batygin. Los dos investigadores han analizado las órbitas de Sedna, 2012 VP113 y otros cuatro objetos transneptunianos (2010 GB174, 2004 VN112, 2013 RF98 y 2007 TG422). Estos últimos, con órbitas muy excéntricas, han sido elegidos de tal forma que se puede descartar el que hayan sufrido interacciones gravitatorias con Neptuno en el pasado (este punto no es nada fácil de demostrar, por cierto). Como hemos visto, Sheppard y Trujillo ya demostraron que un Planeta X con una órbita circular no es una alternativa viable, por lo que Brown y Batygin buscaron otras órbitas posibles. Y, contra todo pronóstico, la encontraron: un planeta situado en una órbita excéntrica cuya inclinación y perihelio sean opuestos al de los seis cuerpos estudiados sería el causante de sus curiosos parámetros órbitales. A pesar de su extraña órbita, las simulaciones indican que el Planeta X sería estable y tardaría entre diez y veinte mil años en dar una vuelta al Sol. Además, las órbitas de los objetos transneptunianos estudiados estarían en resonancia con la de este hipotético noveno planeta -del mismo modo que la órbita de Plutón y los plutinos está en resonancia con la de Neptuno-, evitando que pudiesen pasar cerca del planeta y ser expulsados del sistema solar.

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La órbita del hipotético noveno planeta y la de los TNOs estudiados (Caltech/R. Hurt (IPAC)).
Hay que subrayar que el artículo no menciona ni el tamaño ni la masa de este planeta y tampoco hace referencia a su posible origen. Las observaciones del telescopio infrarrojo WISE descartan que pueda haber un planeta gigante a esa distancia, de ahí que se haya especulado con que se trate de un minineptuno o una supertierra. Varios modelos de formación del sistema solar, como el Modelo de Niza, predicen que alrededor del Sol se formaron originalmente cinco planetas gigantes, uno de los cuales acabó por ser expulsado. El planeta de Brown y Batygin bien podría ser este quinto planeta, pero no está nada claro. Este modelo favorece un planeta del tamaño de Neptuno, mientras que las observaciones sugieren que es más probable que el noveno planeta sea un mundo ligeramente menor, como una supertierra de entre una y diez masas terrestres. Dependiendo de su tamaño preciso, los parámetros orbitales serán distintos, lo que sin duda provocará bastantes dolores de cabeza a los potenciales cazaplanetas que se atrevan a buscarlo.
Si son correctos, los resultados de Brown y Batygin permitirán acotar el espacio de búsqueda del Planeta X y facilitar su descubrimiento (a no ser que ALMA nos dé una sorpresa). Mientras tanto, otra prueba indirecta de la existencia de este planeta sería la presencia de una nueva población de objetos transneptunianos con órbitas perpendiculares a la del nuevo mundo. De hecho, cinco TNOs ya conocidos entran precisamente dentro de esta descripción, lo que refuerza, y mucho, la hipótesis de Brown y Batygin.

En azul, las órbitas de TNOs conocidos que concuerdan con la presencia del noveno planeta (en naranja) (Caltech/R. Hurt (IPAC)).
En azul, las órbitas de TNOs conocidos que concuerdan con la presencia del noveno planeta (en naranja) (Caltech/R. Hurt (IPAC)).
Resumiendo, Brown y Batygin no han descubierto el Planeta X ni son los primeros en proponer su existencia. Pero, a diferencia de sus predecesores, han predicho con bastante precisión sus posibles parámetros orbitales y han presentado pruebas muy sólidas de que es real. Cuando Mike Brown anunció el descubrimiento de Eris, durante un breve periodo de tiempo fue conocido como el descubridor del noveno planeta hasta que la Unión Astronómica Internacional decidió crear la categoría de planeta enano. Si el Planeta X está ahí fuera realmente y se ajusta a la predicción, es posible que, a pesar de todo, Brown termine siendo recordado como el descubridor del noveno planeta del sistema solar.
Vídeo sobre el ‘descubrimiento':

Referencias:
Fuente: EUREKA

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¿Podemos saber si Júpiter echó del sistema solar a un quinto planeta gigante?

¿Expulsó Júpiter a un quinto planeta gigante fuera del sistema solar? Uno de los grandes descubrimientos de la astronomía moderna ha sido la confirmación de que las órbitas de los planetas gigantes cambiaron drásticamente durante los primeros mil millones de años tras su formación. El llamado modelo de Niza es el más famoso a la hora de explicar estos migraciones primigenias. Resumiendo mucho, este modelo nos dice que las interacciones gravitatorias entre los cuatro planetas gigantes provocaron que Júpiter se acercase al Sol al mismo tiempo que Urano y Neptuno se alejasen (de hecho, es posible que Neptuno se formase originalmente más cerca del Sol que Urano). Como resultado de este billar cósmico se produjo una mezcla de cuerpos del sistema solar que solo ahora comenzamos a entender. Por ejemplo, el cinturón de Kuiper se formó al alejarse Neptuno hasta su órbita actual con varios tipos de cuerpos menores. Lo mismo le ocurrió al cinturón de asteroides y, especialmente, a los asteroides troyanos que acompañan a Júpiter en su órbita. Todos estos cuerpos menores desperdigados fueron los causantes del Bombardeo Intenso Tardío que ha dejado huellas de su violencia en casi todos los cuerpos del sistema solar con superficie sólida.
Si realmente existió, el quinto planeta gigante del sistema solar estará ahora en medio del espacio interestelar (NASA).
Si realmente existió, el quinto planeta gigante del sistema solar estará ahora en medio del espacio interestelar (NASA).
Por lo tanto, el modelo de Niza es muy bueno a la hora de predecir muchas de las características del sistema solar actual, pero muchos de los detalles del modelo se nos escapan. Por ejemplo, no sabemos hasta qué punto el proceso de mezcla de cuerpos menores afectó al cinturón de asteroides y a los asteroides troyanos. Sin ir más lejos, algunas versiones extremas del modelo sugieren que Ceres pudo ser en su momento un miembro del cinturón de Kuiper. Lo más probable es que no sea el caso, pero el hecho de que esta hipótesis exista nos da una idea de lo poco que sabemos sobre la formación del sistema solar y de ahí la importancia de estudiar de forma directa el cinturón de asteroides (misión Dawn) o los asteroides troyanos.
Evolución de las órbitas de los cuatro planetas gigantes de acuerdo con el modelo de Niza original (Morbidelli et al.).
Evolución de las órbitas de los cuatro planetas gigantes de acuerdo con el modelo de Niza original. El eje horizontal representa el tiempo y el vertical la distancia al Sol en unidades astronómicas (Morbidelli et al.).
Tampoco conocemos las posiciones originales de los planetas gigantes, por lo que dependiendo de las condiciones iniciales que introduzcamos en las simulaciones podemos obtener un enorme rango de configuraciones de las órbitas planetarias. No obstante, pronto quedó claro que el modelo de Niza en su forma original era insuficiente para explicar las órbitas actuales. En la mayoría de simulaciones las migraciones de los planetas no terminaban en órbitas estables, mientras que en otras los planetas interiores sufrían enormes perturbaciones que no se corresponden con la realidad (en algunos casos Marte resultaba expulsado del sistema solar). Una solución a este problema propuesta en 2009 por varios grupos de investigadores fue la hipótesis del ‘Júpiter saltarín’, en la cual el gigante joviano habría sufrido encuentros cercanos con un gigante de hielo, es decir, Urano o Neptuno.
Esta variante era adecuada, pero presentaba ciertos inconvenientes a la hora de explicar las órbitas actuales de Urano y Neptuno. En 2011 el astrónomo David Nesvorny propuso que la existencia de un quinto planeta gigante ya desaparecido podría explicar mucho mejor el proceso de migración de los planetas y la hipótesis del ‘Júpiter saltarín’. Este planeta, con la masa de Neptuno, habría sido expulsado del sistema solar tras pasar cerca de Júpiter, al mismo tiempo que habría permitido que el resto de planetas gigantes ocupasen sus órbitas actuales. El ‘sacrificio’ del quinto planeta, a veces apodado Hades, serviría para explicar las características del sistema solar que vemos hoy en día.
Simulaciones numéricas de las perturbaciones orbitales de los planetas exteriores. Júpiter es la línea roja, Saturno la verde, Urano la azul marino y Neptuno la violeta. El hipotético quinto planeta exterior expulsado es la línea azul celeste (R. Brasser et al.).
Ahora bien, todo esto parece un bonito ejercicio teórico, ¿pero cómo podemos demostrar que alguna vez existió un quinto planeta gigante? Puesto que no tenemos una máquina del tiempo, una forma de acotar esta teoría es que cualquier encuentro cercano entre Júpiter y un gigante de hielo debería poder explicar la configuración actual del sistema de satélites jovianos. Si el encuentro hubiera sido demasiado cercano, los grandes satélites podrían haber sido perturbados fuertemente o incluso salir despedidos. En este sentido también nos interesa estudiar el caso de Saturno, ya que aunque la mayoría de modelos predicen que Júpiter fue el causante de la expulsión del quinto planeta gigante, otros apuntan a que también se produjeron encuentros con el gigante anillado. Los satélites con órbitas estables más exteriores en los sistemas de Júpiter y Saturno son, respectivamente, Calisto y Jápeto. Evidentemente, si de verdad tuvo lugar un encuentro entre un gigante de hielo y uno de los dos planetas gigantes del sistema solar, Calisto y Jápeto tuvieron que sobrevivir a los mismos.
Ryan Cloutier, Daniel Tamayo y Diana Valencia han publicado recientemente un artículo con los resultados de las simulaciones de los encuentros entre los planetas gigantes y el hipotético quinto planeta. La conclusión es que un encuentro cercano entre un gigante de hielo y Júpiter podría permitir la supervivencia de Calisto en un 42% de los encuentros. Por contra, un encuentro similar con Saturno solo sería capaz de evitar que Jápeto saliese despedido el 1% de las ocasiones, así que ya nos podemos despedir de un encuentro cercano entre el quinto planeta gigante y Saturno. Eso sí, todavía no está muy claro cómo se formó Jápeto y hasta es posible que sea el resultado de colisiones entre satélites que tuvieron lugar después de las migraciones del modelo de Niza.
En cualquier caso, lo importante es que la existencia de Calisto es compatible con un quinto planeta que fue expulsado tras un encuentro cercano con Júpiter. No se trata de una prueba suficiente para dar por válida la existencia del quinto planeta gigante, pero sí que se trata de una condición necesaria. Después de todo, sí que es posible que Hades, el hermano perdido de Urano y Neptuno, existiese y ahora se encuentre en algún lugar desconocido de la Galaxia vagando por el espacio interestelar.
Referencias:
Una de las grandes revoluciones astronómicas de los últimos años ha sido descubrir que las órbitas de los planetas exteriores de nuestro Sistema Solar no han sido siempre las mismas. Todo indica que en un determinado momento Júpiter se acercó ligeramente hacia el Sol, mientras que al mismo tiempo Saturno, Urano y Neptuno se alejaron. En el caso de Neptuno, algunos modelos se atreven a sugerir que llegó a estar más cerca del Sol que Urano, para posteriormente ser ‘lanzado’ hasta el exterior del Sistema Solar por culpa de las interacciones gravitatorias entre los planetas gigantes. Todos estos movimientos orbitales estuvieron a punto de destruir la Tierra y se cree que son los causantes del Bombardeo Intenso Tardío que torturó la totalidad las superficies planetarias con impactos de asteroides y cometas. ¿Pero cómo de rápido se produjeron estas migraciones?
Los planetas exteriores no pararon de moverse durante la historia primitiva del Sistema Solar (fuente).
Resulta difícil saberlo, pero se cree que estos movimientos planetarios tuvieron lugar de forma bastante repentina en un corto espacio de tiempo -corto en términos astronómicos, se entiende-. De no haber sido así, las órbitas de los planetas interiores serían hoy muy distintas. De hecho, es posible que el Gran Movimiento Planetario o Gran Salto Adelante de Júpiter durase solamente un millón de años. Vamos, un suspiro cósmico. No se sabe a ciencia cierta cuándo tuvo lugar, pero se especula que fue hace unos 4200 millones de años cuando los planetas ya se habían formado y por entonces, las órbitas de Marte y Mercurio ya eran ligeramente excéntricas. La migración de Júpiter hacia el interior del Sistema Solar se detuvo cuando el gigante joviano alcanzó un nuevo equilibrio gravitatorio con Saturno. Este nuevo equilibrio frenó a su vez el movimiento hacia el exterior de Urano y Neptuno, y muy probablemente evitó que la Tierra sufriese un episodio masivo de colisiones con cuerpos menores o, incluso, fuese destruida o expulsada del Sistema Solar. En cualquier caso, es importante no confundir el Gran Movimiento Planetario -que tuvo lugar cuando los planetas ya se habían formado- con los posibles episodios de migraciones durante la etapa de formación de nuestro sistema planetario debido a las interacciones con el disco protoplanetario de polvo y gas. Por ejemplo, se cree que durante la formación del Sistema Solar -hace 4600 millones de años- Júpiter se acercó hasta unos 230 millones de kilómetros del Sol para luego alejarse a una distancia de unos 800 millones de kilómetros, lo que explicaría la baja masa actual de Marte.
Lo realmente llamativo es que los modelos que intentan simular el salto de Júpiter no parecen funcionar adecuadamente si solamente usamos los cuatro planetas exteriores, es decir, los dos gigantes gaseosos (Júpiter y Saturno) y los dos gigantes de hielo (Urano y Neptuno). Pero la cosa cambia si introducimos un planeta adicional, un tercer gigante de hielo similar a Urano o Neptuno que habría sido expulsado del Sistema Solar durante el Gran Movimiento Planetario. Este quinto planeta exterior se habría formado, dependiendo del modelo, entre Júpiter y Saturno o, más probablemente, entre Saturno y Urano. Al producirse la migración de Saturno hacia las afueras del sistema, el tercer gigante de hielo habría sufrido una fuerte perturbación en su órbita que le habría llevado a interactuar gravitatoriamente con Júpiter para, finalmente, ser lanzado fuera del Sistema Solar (otros modelos predicen una colisión de este gigante de hielo con Saturno).
Simulaciones numéricas de las perturbaciones orbitales de los planetas exteriores. El eje horizontal representa el tiempo y el vertical la distancia al Sol en unidades astronómicas. Júpiter es la línea roja, Saturno la verde, Urano la azul marino y Neptuno la violeta. El hipotético quinto planeta exterior es la línea azul celeste (R. Brasser et al.).
Da que pensar, porque este quinto gigante gaseoso perdido se encontraría ahora en el espacio interestelar a una enorme distancia del Sol. El que una vez fue el noveno planeta de nuestro Sistema Solar sería en la actualidad uno más de entre los muchos millones de planetas solitarios que deambulan entre las estrellas de nuestra Galaxia. Por supuesto, habrá quien diga que todo esto no son más que simulaciones numéricas relativamente incompletas. Y tendrá razón, de ahí la necesidad de estudiar en detalle el interior de los planetas exteriores para verificar hasta qué punto las teorías actuales de formación planetaria son ciertas. La sonda Juno se dirige en estos momentos hacia Júpiter para analizar su interior, pero lamentablemente no hay planeada ninguna misión similar capaz de desvelar los misterios que esconden los gigantes de hielo. Y si queremos entender cómo se formó el Sistema Solar -y otros sistemas exoplanetarios, ya que estamos-, cada vez resulta más evidente la necesidad de explorar en profundidad Urano y Neptuno.
Referencias:

Las montañas de hielo de agua que flotan en la superficie de Plutón

No nos hemos olvidado de la New Horizons. Ya estamos en 2016, pero la sonda sigue enviando nuevos datos y el equipo de la misión continúa extrayendo información de los ya enviados. Y una de las últimas novedades tiene que ver con el análisis de las fascinantes cadenas montañosas que rodean la planicie de Sputnik Planum, la parte oriental del característico corazón del planeta enano. Sabíamos desde un primer momento que estas cordilleras deben estar compuestas por hielo de agua, ya que ningún otro hielo permitiría alcanzar las alturas que se han observado en estos montes. Pero lo sorprendente es que quizás estas montañas sean en realidad icebergs aislados flotando en hielo de nitrógeno.
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Un supuesto iceberg de hielo de agua flotando en medio de la planicie Sputnik formada por hielos de nitrógeno (NASA/JHUAPL/SwRI).
Las cadenas montañosas que flanquean la planicie Sputnik alcanzan alturas de hasta 3,4 kilómetros en el caso de los montes Norgay o 1,6 kilómetros en los montes Hillary. El descubrimiento de la existencia de montañas en un objeto del cinturón de Kuiper ha sido toda una sorpresa de la misión y nadie sabe todavía a ciencia cierta cómo han podido formarse. La corteza de Plutón está formada principalmente por hielo de agua, pero su superficie es rica en hielos de nitrógeno, metano y monóxido de carbono. Por este motivo, los investigadores pensaron en un primer momento que las montañas debían ser trozos de la corteza que asomaban por encima de la capa de hielos superficial.
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Las principales cadenas montañosas de Plutón (NASA/JHUAPL/SwRI).
Pero un análisis del relieve de las imágenes sugiere que los trozos podrían no estar conectados entre sí y que en realidad se trata de bloques separados. A las temperaturas de Plutón (38 K) el hielo de nitrógeno tiene la consistencia de la pasta de dientes y es más denso que el hielo de agua, de ahí que la imagen de icebergs de hielo de agua flotando en un viscoso océano de hielo de nitrógeno sea una posible descripción de lo que estamos viendo en las increíbles imágenes de la New Horizons.

Una zona donde se ve claramente este proceso a mucha menor escala es la suave planicie Sputnik. Formada principalmente por hielo de nitrógeno, además de cierta cantidad de hielos de metano y monóxido de carbono (las proporciones no han sido determinadas), esta joven región está dominada por los patrones de convección del nitrógeno -unas células de entre 10 y 25 kilómetros de ancho- y las curiosas oquedades causadas probablemente por los ciclos de evaporación y deposición de este elemento. Justo en la frontera entre cuatro de estas células -fronteras que se hallan a una profundidad de cien metros por debajo de las zonas centrales de cada célula convectiva-, los científicos han descubierto recientemente lo que parece ser un bloque de hielo -o mejor, un iceberg de hielo sucio- flotando en medio de la superficie, aunque no está claro si está relacionado con el mismo mecanismo que dio origen a las montañas.
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Mosaico transmitido a la Tierra el 24 de diciembre de la planicie Sputnik donde se aprecia el iceberg de la foto superior. La resolución es de 75-85 metros por píxel. La imagen fue tomada a las 11:36 UTC del 14 de julio de 2015 (NASA/JHUAPL/SwRI).
Y mientras crecen los enigmas de Plutón, el equipo de la sonda ha publicado un nuevo mosaico de imágenes de la región Viking Terra -llamada así en honor de la famosa misión de la NASA, no de los pueblos norteños- tomadas por la cámara LORRI y coloreadas usando los datos de la cámara Ralph/MVIC. Esta nueva imagen tiene una resolución de 480 metros por píxel y cubre una longitud de 49000 kilómetros. En ella podemos ver las viejas planicies de Plutón marcadas por las cicatrices de multitud de cráteres. El color rojizo se debe a la presencia de las tolinas, las partículas orgánicas formadas por la acción de los rayos cósmicos y la luz ultravioleta solar en la alta atmósfera que llueven constantemente sobre la superficie del planeta enano. Todavía no está claro si las tolinas forman depósitos gruesos capaces de fluir por la superficie o una fina capa de partículas que puede ser levantada por los suaves vientos que se dan en este mundo. La escarcha que se ve alrededor de los cráteres es… escarcha, efectivamente, pero no está hecha de hielo de agua, sino que se trata de depósitos de hielo de metano. Todo el hemisferio norte de Plutón -‘norte’ en las imágenes, que la orientación en este mundo es un tema polémico- está cubierto por esta escarcha de metano correspondiente al casquete polar propio del invierno.
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Zona de Viking Terra vista en color y alta resolución (NASA/JHUAPL/SwRI).
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Imagen de contexto de la anterior (NASA/JHUAPL/SwRI).
Por último, les dejo con este vídeo en color y alta resolución para que sobrevuelen la superficie de Plutón como si estuviesen allí:

Bola extra: peculiar vídeo grabado con el espectrómetro infrarrojo LEISA de la New Horizons durante el encuentro con Plutón del 14 de julio. LEISA no es técnicamente una cámara diseñada para captar una secuencia de vídeo, pero los miembros del equipo de la misión han creado un vídeo a partir de las distintas imágenes (los colores son debidos al filtro en distintas longitudes de onda que permite que LEISA funcione como un espectrómetro). ¿El resultado?, un vídeo tomado en el cinturón de Kuiper. La velocidad ha sido aumentada 17 veces y el filtro infrarrojo ha sido convertido en longitudes de onda visibles, pero es un vídeo tomado por la propia sonda. Filmed on location, como dirían en Hollywood:

Referencias:
  • http://blogs.nasa.gov/pluto/
  • http://www.nasa.gov/image-feature/pluto-s-icy-plains-in-highest-resolution-views-from-new-horizons
  • http://www.nasa.gov/feature/particles-go-with-the-flow-on-pluto-s-surface
  • http://pluto.jhuapl.edu/News-Center/News-Article.php?page=20160107a
  • http://pluto.jhuapl.edu/News-Center/News-Article.php?page=20160107b
(Sacado de Eureka)